martes, 29 de enero de 2013

CONFERENCIA EN EL CIS DE GRANADA


  Para el próximo miércoles, día 6 de febrero del 2013, a las 6 de la tarde, en el CIS Matilde Cantos, de Granada, está programada la conferencia de Juan Chirveches "Poesía y letras flamencas".

martes, 15 de enero de 2013

CONTRAPORTADA DEL LIBRO "CANCIONARIO"



  
  En su nuevo libro, Cancionario (Editorial Educatori, Granada, 2012), Juan Chirveches (Cantoria, Almería, 1955) vuelve a mostrarnos, como en sus anteriores poemarios (La sangre de noviembre y El abrir de abril), su concepción y defensa de lo que el propio autor ha bautizado como la “Poesía-poesía”, nueva vieja corriente que se caracterizaría por el uso del poema breve, sonoro, musical, preferentemente rimado, de expresión accesible a toda clase de públicos, de argumento meridianamente claro, pero no por ello trivial o superficial, sino ahondador, entre esos parámetros, en los temas eternos de la poesía y de la filosofía. Poemas de herencia y ecos tradicionales, pero técnica y argumentalmente renovados, que utiliza, a veces, la ironía y el sutilísimo humor en determinados versos colocados en medio de hondos planteamientos o de poemas, digamos, serios.        

martes, 18 de diciembre de 2012

EL NOMBRE DE CANTORIA EN DIVERSOS LUGARES DE LA REALIDAD Y DE LA FICCIÓN




                                                              Por  Juan Chirveches


    El nombre de Cantoria.-

    Gerardo Diego (Santander, 1896 – Madrid, 1987), destacado miembro de la llamada Generación del 27, es, todos lo sabemos, un gran poeta. Compuso el soneto más famoso y perfecto, quizás, de la pasada centuria: el dedicado y titulado Al ciprés de Silos, que muchos expertos señalan como uno de los mejores de la literatura española.
    Escribió versos redondos y bellos, impregnados de música; alta poesía tanto tradicional como de vanguardia: él declaraba, a este respecto, que le atraían por igual “la tradición y el futuro; me encanta el arte nuevo y me extasía el antiguo”… Fue también músico y, durante muchos años, crítico musical.
    En 1979 recibió el Premio Cervantes, el más alto galardón de las letras hispanas. Libros suyos como Soria (1923), Versos humanos (1925), Alondra de verdad (1941), La suerte o la muerte (1963), entre otros, son referencia obligada en cualquier manual de Literatura…
    Juan Berbel fue un notable poeta nacido en la cortijada de las Pocicas (Albox) en 1907. Murió en Almería en 1977. Su libro Cielo arriba recibió unánimes elogios de la crítica. Es un conjunto de textos escritos en buena prosa poética, donde muestra su amor por las cosas sencillas del campo y su vocación por la Enseñanza. Libro de gratísima y muy recomendable lectura.
    Don Juan Berbel, durante bastante tiempo, a mediados del siglo XX, ejerció como maestro nacional en Cantoria, localidad de la que, además, fue alcalde. Desde nuestro pueblo envió a Gerardo Diego uno de sus libros…
    Muchos años después el escritor Julio Alfredo Egea (Chirivel, 1926) contó, en un fascículo dedicado a los pueblos del Alto Almanzora, que un día Gerardo Diego, sabiéndole almeriense, le dijo: “hay por tu tierra un pueblo que para mí, tan amante de la música, tiene el nombre más hermoso que nunca oí. Se llama Cantoria”.
    Y le refirió que había conocido ese nombre por el libro que don Juan Berbel le había enviado desde aquí.
    Para Gerardo Diego, el gran poeta, el mago musical de las palabras, el conocedor de los nombres de multitud de lugares españoles, catedrático de instituto en Soria, en Gijón, en Santander y en Madrid, para Gerardo Diego no había nombre más bonito que el de Cantoria
    Ciertamente el de nuestro pueblo es nombre bellísimo; rico en matices sonoros. Combina cierta dureza consonántica central, con blanduras líquidas que se derraman por las últimas vocales, trayéndonos ecos de una ría suave y luminosa, cuyas dulces aguas regaran un jardín de notas musicales.
    A la etimología de tan bello nombre nos ha acercado el magnífico estudio de don Pedro Lozano Blesa, publicado en el número 2 de Piedra Yllora. Sostiene don Pedro, con muy fundamentados argumentos y amplia cita de autores, que el vocablo Cantoria pudiera ser un teónimo, de origen íbero y celtíbero, formado por dos partes: “cant”, lo blanco, lo brillante; y “oria”, derivado de “ur”, el agua, el río…
    De manera que, según eso, podría significar “agua que brilla”, “río luminoso”. Aludiría, probablemente, al Almanzora, que, cuando sale, visto desde lo alto, viene lleno de espejos refulgentes, de luminarias y estrellas líquidas que emiten destellos blancos, como si la corriente fuera un ancho chorro de luz derretida.
    Lo cual ya observarían los antiguos pobladores.

    El nombre de Cantoria no se circunscribe a nuestro querido rincón de las tierras de Indalia, sino que, proyectado desde aquí, lo encontramos en otros lugares tanto de la realidad como de la ficción. Veamos.


    En la catedral de Toledo.-

    La ciudad de Toledo es patrimonio de la Humanidad. Concentra uno de los conjuntos históricos, monumentales, literarios, paisajísticos… más ricos del planeta. En el año 569 el rey Leovigildo la hizo capital de España…
    Su catedral es la más importante de nuestro país (catedral Primada). Fue fundada por Fernando III el Santo, y erigida a partir de 1227 en estilo gótico.
    El coro de tal templo es una obra de arte de valor excepcional. La maravillosa sillería alta, de estilo renacimiento, fue tallada en el siglo XVI por Felipe de Vigarny (lado derecho) y por Alonso de Berruguete (lado izquierdo y sitial del arzobispo).
    Pero nosotros vamos a fijarnos en la sillería baja. Porque allí, en el corazón mismo de la catedral Primada de España, encontramos escrito el nombre de Cantoria.
    El coro bajo, de madera de nogal, consta de cincuenta sillas más cuatro tablas rinconeras. Todo el conjunto fue tallado entre 1489 y 1495 por Maese Rodrigo, también conocido como Rodrigo Alemán, escultor nacido en Sigüenza, autor, igualmente, de la sillerías de las catedrales de Ciudad Rodrigo y de Plasencia, donde, por cierto, dejó talladas curiosas escenas eróticas, muy explícitas.
    Los cincuenta y cuatro relieves de los respaldos de la sillería baja del coro de Toledo, representan otros tantos momentos de la conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos. Fueron estudiados con detalle por el insigne historiador Juan de Mata Carriazo, en 1927. El cual escribe que estas tallas representan “una verdadera historia gráfica” de aquella guerra.
    La universidad granadina editó en 1985 el libro de Carriazo “Los relieves de la Guerra de Granada en la sillería del coro de la catedral de Toledo”, con fotografías de Oronoz. En él leemos estas palabras: “la peligrosa compañía de tantas creaciones artísticas excepcionales en la catedral más rica del mundo, sobre todo en la vecindad de las maravillosas y atormentadas tallas de Berruguete, en el coro alto, hace que los relieves de la Guerra de Granada sean poco conocidos. Y, sin embargo, en esta serie de cuadros históricos de la mayor veracidad, contemporáneos de los sucesos, está vivo el recuerdo de aquella levantada empresa, en cuyo fuego cuajó nuestra conciencia nacional”.
    La mayor parte de los tableros representan el momento en que los moros rinden la ciudad de que se trate, y entregan las llaves al rey don Fernando.
    Del más de medio centenar de tallas, trece están dedicadas a la provincia de Almería; tres a la capital, y una a cada uno de los siguientes lugares: Cabrera, Serón, Vélez Rubio, Huércal, Vélez Blanco, Mojácar, Cantoria, Purchena, Vera y Níjar.
    El tablero dedicado a la toma de Cantoria está en el lado del Evangelio. Nuestra ciudad fue reconquistada en 1488, y, como queda dicho, muy pocos años después Maese Rodrigo labró este relieve.
    La escena representa el momento en que dos moros cantorianos salen por la puerta de la fortaleza, que aparece en el centro de la composición, para rendirla. Está flanqueda por dos torres. Y tallado en la del lado derecho, según miramos, se lee este nombre: Cantoria.
    Ante las murallas del pueblo vemos al rey Fernando el Católico, a caballo, al frente del ejército cristiano. Viste jubón, y Rodrigo Alemán lo representa en el instante en que se vuelve a decirle algo a uno de sus acompañantes (que Carriazo identifica con el cardenal Mendoza, pero señala su anacronía).
    El rey y el ejército cristiano quedan hacia el lado izquierdo de la tabla (siempre desde nuestro punto de vista). Vemos caballos y cabezas de soldados con cascos; y lanzas que asoman. Sobre la puerta, entre las dos torres de la entrada, desde el matacán, un moro contempla la escena de la rendición y entrega de la plaza. Detrás de los muros, dentro del recinto, se elevan una tercera torre y un edificio, ambos con cubierta de tejas.
    Las murallas de Cantoria, con sus torreones, se van esfumando hacia el lado derecho del tablero. Debajo de los muros laterales, en primer plano, aparece esculpido un árbol que pudiera representar una morera. Y en plano más hondo hay un delicioso detalle cotidiano: una mora cantoriana, con cántaro a la cabeza, ajena por completo a la escena principal, que se desarrolla ante la puerta, se dirige al interior del pueblo por una entrada secundaria.
    La tabla, de manera similar a muchas otras, está enmarcada bajo arco carpanel adornado con entrelazos, y, como en las demás, hay curiosos animales que forman parte de un imaginativo bestiario.


    En Madrid. Barrio de Carabanchel.-

    Carabanchel es uno de los veintiún distritos en que se divide administrativamente la ciudad de Madrid. Es además un barrio populoso, muy simpático y querido por todos los madrileños. Tuvo una célebre cárcel que entre 1944 y 1998, en que fue cerrada, era el mayor complejo penitenciario de España.
    Su vieja plaza de toros de Vista Alegre, conocida como “la Chata”, es el coso taurino más antiguo de la capital española, muy anterior a las Ventas. En el año 2000 fue remodelada por completo y convertida en el actual Palacio de Vista Alegre, con capacidad para quince mil espectadores, donde, además de corridas de toros, se celebran tremendos conciertos de rock o pop, partidos de baloncesto, óperas, mítines políticos y otros espectáculos.
    No muy lejos de Vista Alegre, en el corazón del barrio de Carabanchel, junto a la calle General Ricardos, que es la principal arteria del distrito, encontramos otro lugar que lleva el nombre de nuestro pueblo: la plaza de Cantoria.
    Si salimos por la estación de metro Urgel, andamos unos pasos por Camino Viejo de Leganés y nos metemos en la calle Radio, en seguida estamos allí. La plaza de Cantoria dibuja un plano troncocónico sobre el suelo madrileño. Queda elevada respecto del nivel de la última calle citada, que la limita, y desde la cual se accede a ella por dos pequeñas escalinatas separadas entre sí por un talud sembrado de césped y ornado de rosas. Tiene el suelo de tierra, está flanqueada por pequeños árboles y delimitada por altos bloques de pisos de estilo funcional.
    Recuerdo que la visité por vez primera en 1977. Era un recinto apacible donde algunos niños jugaban vigilados por sus madres. Haciendo esquina con la calle Radio había (todavía lo hay) un bar al cual entré. Vi un pequeño cartel que anunciaba un partido de fútbol entre un equipo cuyo nombre he olvidado y el Cantoria C.F.: ¡el Cantoria de Madrid! Pregunté al dueño del bar y me dijo que se trataba de un club de juveniles que llevaba el nombre de la plaza…
    A finales del 2004 este lugar saltó a todos los medios de comunicación.
    Durante los años finales del siglo XX y comienzos del XXI Carabanchel se fue poblando de inmigrantes, que en la actualidad suponen cerca de una cuarta parte del total de residentes. La mayoría de ellos honrados y respetables trabajadores que han ayudado eficazmente al desarrollo de nuestro país. Pero también asistió el barrio, en esos años, a la importación, nacimiento y formación de peligrosas bandas callejeras integradas principalmente por suramericanos. Al momento actual, el eficiente trabajo de la policía mantiene controladas a estas pandillas, pero hace unos años abundaron los altercados y peleas entre los llamados latin kings y los ñetas.
    El 14 de noviembre de ese año, pasadas las once y media de la noche, tres jóvenes salieron de estampía por una de las bocas del metro de Urgel. Perseguidos a la carrera por un grupo de hasta veinte chicos, corrieron con desesperación hacia la calle Radio e intentaron acceder a la plaza de Cantoria que, por ser lugar espacioso, les ofrecía mayores posibilidades de escapar de sus perseguidores. Dos de ellos lograron huir, pero el tercer joven fue cazado por los atacantes junto al arranque de las escaleras que suben a la plaza. Un pedrisco de golpes le cayó encima. Por un instante logró desembarazarse de sus agresores. Se estiró y les hizo frente con la intención de defenderse. Pero no fue posible. Lo rodearon de nuevo y lo engulleron en apaleamiento brutal. Uno cogió un trozo de bordillo, que estaba suelto, y le asestó tres golpes en el pecho y en la cabeza. Luego se fueron. El agredido se incorporó y aún anduvo unos metros hasta caer exhausto, molido a palos como iba.
    Murió instantes después, tendido sobre el suelo de la madrileña plaza de Cantoria. La característica gorra que suelen llevar se veía esturreada a unos metros del cadáver. Del cadáver de Jesús Rafael Amaya Díaz, alias el Maestro, ecuatoriano, veinte años, miembro de los latin kings, con antecedentes por robo violento y lesiones.
    El suceso fue recogido por los más importantes diarios nacionales: ABC, El Mundo, El País… ya que fue el primer crimen que ocurrió en Madrid debido al enfrentamiento directo de estas inmigradas bandas de delincuentes callejeros…
    Estos hechos que comento pueden dejarnos la idea de lugar peligroso o inseguro. No es así. Sucedieron allí como podrían haber sucedido en cualquier sitio. Pero la plaza de Cantoria es espacio tranquilo: una plaza muy cuidada y bonita, con pequeñas zonas ajardinadas, parque infantil y bancos donde los jubilados leen pacíficamente el periódico.
    La podemos ver muy bien fotografiada, y hasta “pasear” por ella, entrando en Internet: Google maps, Madrid, plaza de Cantoria.


    En Cenes de la Vega (Granada).-

    Cenes de la Vega es un pueblo próximo a la capital granadina. Está situado en la carretera por la que, desde la ciudad, se accede a Sierra Nevada, al pie mismo del macizo montañoso.
    Tiene un famoso mesón llamado La Ruta del Veleta, de exquisita gastronomía, donde algunas veces almorzó el rey Juan Carlos cuando iba a, o venía de, esquiar.
    A la entrada de Cenes, en su lado izquierdo según se viene desde Granada, hasta hace poco tiempo había un gran cartel que anunciaba el nombre de una urbanización cuyas viviendas suben escalando la montaña: Urbanización Villa Cantoria.
    Está formada por algunas casas agradables que se disponen a lo largo de empinadísimas e incómodas cuestas, ya que nació adherida a las laderas de los montes que, desde el pueblo, suben hasta los farallones de Sierra Nevada. Por ello resulta agotador pasear por sus calles elevadas y solitarias, aburridísimas, donde pequeños chalets alternan con bloques de pisos de tres o cuatro alturas, casi todo construido en ese estilo despersonalizado y repetido hasta la saciedad con que constructores y arquitectos nos hastían desde hace ya muchas décadas.
    Observamos que muchas de las casas tienen las puertas blindadas con planchas metálicas. Y, como curiosidad, decir que algunas de sus calles llevan nombres dedicados a personajes históricos de la antigua Roma: calle Julio César, calle Trajano…También existe allí una plaza que lleva el mismo nombre de la urbanización: plaza de Villa Cantoria, con su pequeño parque infantil…


    En la novela Miradas en el estanque, de Araceli Pedrero.-

    La escritora Araceli Pedrero nació en Baeza (Jaén) en 1961. Trabaja en Granada y reside en el cercano pueblo de La Zubia.
    En el 2004, editada en la colección Granada Literaria, publicó su primera novela titulada Miradas en el estanque. Se trata de una excelente narración escrita en emotiva prosa lírica que, por momentos, alcanza cotas de alta calidad.
    Encontramos a lo largo del texto párrafos memorables como éste de la página 15: “la vida nunca tiene prisa por nada; es como un animal de múltiples pieles que descansa almohadillado al pie de nuestras ilusiones, dispuesto a tragárselas, ansioso y glotón, al menor descuido”…
    Una de las protagonistas tiene un aborto natural. Todo el episodio está escrito con gran intensidad y fuerza, y en él logra Pedrero magníficos registros. Y cuando acaba todo: “poco a poco fue haciéndose en su interior un atronador silencio, un silencio frío de tumba pequeña”.
    La novela se centra en los recuerdos de una niña que pasó buena parte de su infancia entre un mundo de mujeres adultas. La acción transcurre en un viejo caserón, grande, algo misterioso, situado frente a un estanque guardador de insondables secretos. Viejo caserón “cuya fachada de piedra algo gastada tenía el aspecto de esos viejos castillos que se alzan como mudos testigos en medio de un fragor postrero de batallas, lances amorosos y honores mancillados”.
    Pues bien. Esa casona, que poco a poco va adquiriendo fuerte presencia hasta convertirse en una protagonista más de la novela, y muy importante, tiene un nombre bastante familiar para nosotros. Porque esa casona, donde un día la niña Sara descubre “un aire herido que a la caída de la tarde salía del desván, recorría toda la casa, para, finalmente, entrar en la biblioteca”, esa casona se llama, también, Villa Cantoria.
    Cuando estuve hablando con la escritora le pregunté por qué había elegido ese nombre para el lugar que centra la acción del relato. Me contó que un día, al poco de comenzar la redacción, viajó a Cenes por motivos laborales. Llevaba un tiempo dándole vueltas a la cabeza sobre qué nombre elegir para su casa imaginaria. Buscaba uno que fuera sonoro, agradable al oído y que, al mismo tiempo, fuera capaz de sugerir fantasía y misterio. Al llegar a Cenes se fijó en el cartel que antes he comentado, donde se anunciaba la urbanización Villa Cantoria. Y al momento, fascinada por ese nombre, decidió que así se iba a llamar la casa de su novela.
    Pedrero, me aseguró, desconocía que existiera realmente un pueblo llamado Cantoria. Cuando yo se lo dije mostró interés, y expresó su deseo de conocer cosas referentes a nuestra pequeña ciudad.
    La imaginaria Villa Cantoria de la narración está situada en la bahía de Cádiz, no muy lejos del mar. La protagonista contempla la vivienda por primera vez desde el autobús, bajo la lluvia: “Fue al salir de una de aquellas exageradas curvas cuando Villa Cantoria apareció ante mis ojos, bueno, sólo un parte, lo que parecía una torreta. De todas formas fue suficiente como para imaginarme la casa más hermosa del mundo… una casa majestuosa y ausente. Eso me pareció. Allá en lo alto de una suave colina. Esperándome” (página 91).
    La autora se recrea en otras hermosas descripciones de la casa: su fachada, su interior, su pasado al contemplar una vieja fotografía (“aquella casa era Villa Cantoria cuando tenía menos edad”).
    Vamos avanzando, emocionados, en las páginas de la obra de Araceli Pedrero. Sara siente extraños presagios, intuye ausencias, todo comienza a volvérsele gris, ya no ve las cosas con el color de las miradas infantiles: “y nunca hasta ese momento me pareció tan fría, tan lejana, tan extremadamente lúgubre. Los ladrillos enmohecidos, la balaustrada envejecida, el tejado soñoliento… ¿estaba muy cambiada Villa Cantoria, o era que yo había crecido muy deprisa?”
    Y en la última alusión a la casa, escribe la novelista: “Ahora, en la cancela de entrada, donde nunca hubo escudos, ni blasones, ni grandes estatuas… cuelga un llamativo cartel que dice SE VENDE. Sólo el estanque permanece intacto. Bueno, los estanques, ya se sabe, son eternos”. 


                                                                              Juan Chirveches.

  Publicado en la revista Piedra Yllora, número 5. Cantoria, agosto - 2010

martes, 4 de diciembre de 2012

PACO TORONJO. ONCE AÑOS DE AUSENCIA




                                                                             Por  Juan Chirveches


    Francisco Gómez Arreciado, Paco Toronjo, el mejor cantaor por fandangos de Huelva que nunca haya existido, cantaba a corazón abierto; sabía transmitir el desgarro de su alma hecha trizas, y sacaba los tormentos que rebullían en sus pozos interiores a través del cable de la voz.
    Reconcentrado, con los ojos cerrados, cantaba desde muy adentro, agitándose, poniendo una increíble pasión en cada letra, en cada tercio que él derramaba dejando estremecido el aire y admirado al personal.
    Al atacar el palo, metía la cabeza y la dejaba casi apoyada en la mesa o en las rodillas, y al momento, nada más comenzar, levantaba su rostro de pájaro herido y decía su cante que imantaba almas.
    A veces, la fuerza con que ejecutaba los tercios le impelía a levantarse de la silla y enseguida caía derrengado sobre la anea, agotado por la tensión y la emoción que había puesto en la copla.
    Luego, al terminar, extendía los brazos lentamente, abiertas las palmas de sus manos, como dirigiendo la invisible orquesta de los silencios que quedaba sonando tras su voz. Abría muy despacio los brazos acalmando, con ese gesto, el desborde de pasión que él mismo, y desde sí mismo, había creado en el auditorio.
    En ocasiones, se apretaba la cara con los dedos mientras se estremecía cantando “ella es buena y volverá/ corazón mío no llores”…, y cantaba con sus manos, con su cuerpo entero, con su pelo negro que se agitaba emitiendo destellos acharolados.
    Otras veces, reposado, se contenía en los primeros tercios para vaciarse en el último, echándose afuera desde muy adentro.
    Tenía la voz rasposa, hondísima; cuando la alzaba parecía lijar el aire. Y cuando terminaba su fandango, el aire que había entre él y sus escuchadores quedaba lleno de las raspaduras flotantes de su voz
    Llevó a la perfección aquello que ya hacía Paco Isidro: rompía en dos partes algunas palabras, y entre uno y otro trozo de la misma palabra, mientras la guitarra seguía oyéndose al fondo, se abría un inacabable abismo de espera.
    Imprimió al fandango una hondura y una jondura desconocidas hasta entonces. Hondura y jondura son dos palabras distintas que envuelven conceptos, aunque conectados, diferentes. No es lo mismo la hondura que la jondura, como no es lo mismo lo hondo que lo jondo. Lo jondo es más hondo que lo hondo: cae y está más adentro. Lo hondo puede rellenarse de aire o de nada, mientras que lo jondo siempre está lleno de sentimientos, de sufrimientos, de derrotas y de pena. La hondura es una profundidad a la que podemos asomarnos a través del brocal de la filosofía, de la literatura o del arte; la jondura es una profundidad a la que sólo podemos asomarnos a través del brocal del cante flamenco.
    Hasta Paco Toronjo el fandango era palo más ligero, más festero. Él lo elevó a cante grande. Lo alzó de fandanguillo a fandango. Como él gustaba repetir, le quitó la i y le colocó la o. Y lo dotó, a la vez, de hondura y de jondura.
    Llevó a su culmen el camino que habían abierto y allanado Marcos Jiménez, Pérez de Guzmán, Rengel, Rebollo y el gran Paco Isidro; y sacó los estilos de Huelva de sus comarcas para subirlos a categoría universal. Despojó al fandango de sus connotaciones folclóricas, más ligeras, y lo aflamencó, lo ajondó y lo metió para siempre entre los grandes palos del flamenco. Y además lo hizo sin tocar en nada su pureza y su reconocible sabor tradicional, lo que solo está al alcance de los artistas más grandes: de los genios.
    Inventó la introducción de los fandangos por seguiriyas: creaba el ambiente y ajustaba la voz con los ayes de la seguiriya, hacía surgir su atmósfera, y cuando todo el mundo se preparaba para oírla, Paco Toronjo giraba hacia el fandango dándole un quiebro mágico al toro bravo del cante.
    Gran letrista también. Es fama que podía pasar toda una noche cantando fandangos sin repetir una letra. Desde profundidades muy jondas, y también muy hondas, desde simas de tristeza, subía y le salía por el volcán de su garganta aquello de:

                                     La salud y el bienestar
                                    los he perdido por ti,
                                    la salud y el bienestar.
                                    Me encuentro en un hospital
                                    solo, y no quieres venir:
                                    sabe Dios dónde andarás.

    Muchas letras de Paco Toronjo llaman, claman y reclaman a alguien que no atiende su grito desgarrado. Estremece oír cómo mueve y zarandea, desesperado, el último tercio de ese fandango, “sabe Dios dónde andarás”, y cómo deja la última palabra vibrando por encima del aire, en ondulaciones cargadas de sentimiento que finalmente nos cae encima como una lluvia de pena.
    Había nacido en Alosno, en 1928, y en su cara llevaba grabados los muchos años que, antes de la fama, había trabajado en los campos y en las minas del Andévalo.
    Cuando yo vivía en Huelva, de 1985 a 1987, Paco Toronjo era ya una institución en la ciudad. Había regresado a su tierra tras muchos años de éxito y de triunfos en Madrid, y mataba como podía interiores soledades. Tenía el corazón muy grande y muy herido.
    Un día le pedí que diera un recital en la cárcel, y le hablé de lo exiguo de nuestro presupuesto. “Niño, yo por cantar a los presos no voy a cobrar ná: me quemaría luego ese dinero en los bolsillos”.
    Una tarde del invierno de 1986 en un patio de la prisión abarrotado de presos, que no paraban de jalearlo, la voz de Paco Toronjo se abría paso, horadando vientos, hacia insondables abismos de emoción:

                                  A ese pobre pajarillo
                                 le han robao la libertad,
                                 y aunque siempre está cantando,
                                 no es alegre su cantar:
                                 quién sabe si está llorando.

    Entre fandango y fandango, con un frío que pelaba, me decía por lo bajo: “¡ojú, niño, qué frío!”…, y luego se ponía a cantar otra vez, de frente, de pie, a pecho descubierto, contra un aire oceánico que venía cargado de humedad, de tempestad y de mala leche.
    Cuando nos dimos la mano para despedirnos, me extendió una tarjeta de visita en la que decía escuetamente: “Paco Toronjo. Cantaó”. Y abajo a la derecha un número de teléfono cuyos dígitos parecían cagarrutillas que hubiera depositado allí la mosca de la desolación.
    “Niño, yo por cantar a los presos no voy a cobrar ná. Me quemaría luego ese dinero en los bolsillos”. Paco Toronjo murió en la ruina, en 1998, once años hace ahora, al comienzo del verano, cuando toda Huelva se pone de azul atlántico.

                                                                                      J. Ch.

              Publicado en el diario Ideal. Granada, 27 de junio – 2009
                             
                           Incluido en el libro El traje de la ciudad

martes, 13 de noviembre de 2012

PRESENTACIÓN DE CANCIONARIO, EL NUEVO LIBRO DE POEMAS DE JUAN CHIRVECHES.

  Presentación del nuevo libro de poemas de Juan Chirveches, titulado Cancionario. 
  Será el próximo día 22 de noviembre del 2012, jueves, a las siete de la tarde, en la sede de la Asociación de la Prensa de Granada, placeta de Peregrinos, esquina a calle San Matías. 
 Estará acompañado, en la presentación, por Manuel Casares, Víctor Vázquez y Pedro López Hurtado.  

lunes, 29 de octubre de 2012

PADUL




                                                               Por  Juan Chirveches


    El correr de los años, con sus azares y sus vaivenes y sus mudanzas, va dibujando en nuestro interior, con trazos indelebles, una cartografía personal, unos mapas exclusivos de los que sólo nosotros poseemos las claves, y que componen, en su conjunto, una privada, una íntima geografía sentimental.
    Una geografía sentimental que nos ha ido brotando por dentro; que hemos creado con los valles amenos que nacieron con nuestras risas; con las altas montañas que levantaron nuestras ilusiones; con los ríos caudalosos que formaron nuestras lágrimas; con los prados luminosos y floridos que resplandecieron con nuestros amores; con los intrincados bosques que enmarañaron nuestras pasiones; con los áridos desiertos interiores que se quedaron ahí adentro, cuando nos arrasó la pena.
    Y también con los lugares donde, en cierta ocasión, nos ocurrió algo; con las ciudades donde, tiempo ha, vivimos durante una época; con los pueblos donde, una vez, fuimos felices.
    En el mapa de nuestra personal geografía sentimental, Padul ocupa un lugar muy preferente.
    Padul, el pueblo luminoso que nos abre la puerta que da paso al valle de la Alegría: el valle de Lecrín.
    Padul, el pueblo de corazón abierto que, cuando los terremotos de 1884, acogió a muchedumbre de afectados de los pueblos vecinos, ofreciéndoles sus cuidados y la hospitalidad de sus casas, gesto que reconoció y premió el rey Alfonso XII.
    Padul, el pueblo heroico donde, en las afueras, cuando 1810, Juan Fernández -conocido como el Tio Caridad o como el Alcalde de Otívar- plantó cara a los franceses y, peleando, cayó herido, pensaron que de muerte. Durante aquella batalla fueron abatidos ciento cincuenta españoles, según la afrancesada Gaceta que se publicada en Granada capital…
    Padul, el pueblo valiente que, cuando 1569, aguantó la furibunda acometida de un incendiario ejército de moriscos, que metió fuego a la población y mató a medio centenar de los nuestros.
    Pedro Antonio de Alarcón, que pasó por allí el 19 de marzo de 1872, en su libro de viajes La Alpujarra escribe: “el Padul (donde se muda tiro) es una rica, alegre y aseada villa de 3235 habitantes”… Y más abajo, aludiendo a las bonanzas del Valle: “en el Padul inaugurábanse todos los encantos de aquel nuevo paraíso”…
    El pueblo se ubica en lugar privilegiado, lanzadera hacia Granada, hacia las Alpujarras y hacia el mar. Nos informa Madoz, en 1845, de que en su estafeta de correos se separaba la correspondencia con destino al Valle de Lecrín, a la Alpujarra o a Motril y la costa. Y también nos dice el gran geógrafo, que la fertilidad y abundancia de agua hacían que su vega ofreciera “el aspecto de una continua primavera”.
    Acunado al regazo de Sierra Nevada, situado en la esquina de una amplia llanura, que antes fue laguna, aparece El Padul en un recodo del terreno, junto a un bello paisaje, cercado por altas montañas a un lado, y una ancha y fértil vega al otro. Y al frente, la vista se va en la lontananza, por encima de Cozvíjar, de Dúrcal y de Nigüelas, hasta perderse en lo profundo del Valle, que comienza, ya al fondo, su alargado y largo descenso hacia el mar.
    Paseando por sus calles, mirando desde sus balcones, sobrecoge, a veces,  la maciza presencia del pico del Caballo, tan azul en verano, tan blanco en invierno, tan encima, nazareno pétreo y enorme, padre gigante al cuidado permanente de los cuatro pueblos que, como retoños, acoge bajo su manto.
   
                  Llevadme a las montañas donde se bebe pura
                el aura que el espacio tapiza con su azul:
                allí donde los cielos se abarcan en su anchura,
                allí donde se alcanzan en la feraz llanura
                a Málaga y Granada por cima del Padul”.
   
    José Zorrilla, el inmortal autor de Don Juan Tenorio, escribió estos versos en 1886.
    A cualquier amante de los viajes gustará una visita al Padul. Pasar y pasear, una legua antes, por la colina del Suspiro del Moro, desde donde el rey Boabdil, derrotado, caminando hacia la tristeza, contempló Granada por última vez.
    Recorrer, luego, sus calles blancas, tranquilas, con el decorado espléndido y esplendente, al fondo, del pico del Caballo, que nos saluda a la vuelta de algunas esquinas o al final de algunas calles. Beber sus aguas fresquísimas, riquísimas, en la fuente de los Cinco Caños, del siglo XVI. Admirar, junto a ella, el precioso lavadero, del XIX. Sentir la grandeza de la Historia entre los recios muros de la Casa Grande, de comienzos del XVII, hoy vacía: pero se dice que bajo la tierra de sus patios, hay enterradas enormes y misteriosas orzas de barro.... Temblemos de emoción, en su iglesia, ante el Cristo tallado por algún aventajado discípulo de Pablo de Rojas. Veamos las cruces de piedra del Calvario, del año 1700. Hagamos una maravillosa excursión por la Laguna, el más importante humedal del Reino de Granada, a través del recientemente acondicionado sendero del Mamut, con Sierra Nevada casi encima, entre cañales, carrizales, turberas, zampullines, ánades, fochas: un delicioso baño de naturaleza.
    Y, ¡cómo no!, almorcemos, en cualquiera de sus bien atendidos mesones, el sabroso choto al ajillo, auténtico plato nacional paduleño, acompañado de la refrescante y nueva cerveza Mamut, de elaboración local.  
                                                                                       
                                                                                 J. Ch.
        
              Publicado en el diario Ideal. Granada, 13 de septiembre - 2011

martes, 16 de octubre de 2012

LA VEGA DE GRANADA





                                     LA VEGA DE GRANADA

                                                                        Por  Juan  Chirveches



      ¿La Vega? ¿Qué Vega? Aquí de Vega ya no queda sino Lope (de imperecedera memoria). O las citas de los viejos romances en que valientes caballeros, desde la Vega, asaltaban los muros moros al rescate de hermosas cautivas cristianas.
      Ya no hay vega en Granada.
      La Vega era una blando mar vegetal, ribereño a la ciudad, y ahora es una charca de piedra marrón, y endurecida.
      La Vega era un campo ameno que fue sembrado con semillas de especulación. Y brotaron plantas que tenían, tienen, el tronco de cementón, las ramas de ladrillajo y las hojas de billetes para los concejales de urbanismo y los alcaldes recalificadores. Y sus frutos son picoteados y comidos por cuervos inmobiliarios, dañina especie de negro plumaje que planea sobre la Vega y la acomete por la izquierda, por la derecha y por el centro.
      Cuervos planean sobre la ex vega sin que nadie los fumigue.

                                                                             J. Ch.      

            Publicado en el diario Ideal. Granada, 6 de abril - 2006.

         Incluido en el libro de Juan Chirveches El traje de la ciudad.